Coctel

Oigan, tenemos que andar con los ojos bien abiertos pues podemos estar siendo muy felices en nuestras vidas sin darnos cuenta de ello, lejos del montón de penas que nos podrían estar acompañando …

Porque mal llevados sí somos, necesitamos que nos pase algo malo «de adeveras» para saber lo felices que … éramos!

¡Ah esa permanente lucha interna que todos tenemos en decidir qué hacemos, ese coctel de responsabilidad laboral, familiar, social, con nuestro propio cuerpo y espíritu, responsabilidad de ser felices también!

Terrible coctel de obligaciones que batimos todos los días.

Se supone que debemos vivir lo mejor posible, y eso lleva consigo algunas contradicciones.

Es difícil conseguir que la felicidad y el deber vayan paralelos. Ya sé que se encuentran al final del camino, pero a veces él es muy largo.

Abrir el alma a las emociones, sin ser loco.

Planificar sabiendo que lo aleatorio cuenta.

No es fácil.

Tenemos que vivir sin temor pero sobretodo con enorme gratitud, por ahí es la cosa. Y dando, que es la más profunda de las satisfacciones.

Se suponía que la lista de lo pendiente disminuye con los años, pero no ha sido así, lo cual no es malo pero sí temerario pues cada día tenemos uno menos, y menos facultades en general. Unas pocas mejoran con los años.

Para ser bastante feliz hay que ser un poco o bastante tonto. Y es que las inquietudes intelectuales nos presionan. Las mentes inquietas no descansan, ni durmiendo, nacen agitadas y mueren igual. Quiere ser tonto?

Gran recurso es el humor, él lo desplaza todo, hasta los dolores físicos y del alma. Qué lindo es ver reír a alguien que ha acabado de llorar.

Qué ironía esta de ir creciendo en la vida, ganando sabiduría, para después morir.

Decían que la vida debería ser al revés: nacer con la sabiduría de los viejos, ir ganando facultades físicas, conseguir la inocencia, ser cuidado, amamantado y terminar en el orgasmo que nos trajo a la vida.

¿Cuidarnos de viejos? Sí, pero no para vivir más porque esa es una obsesión soberbia; cuidarnos para estar bien, eso sí.

Y para estar bien, algunas veces, no hay que cuidarse demasiado.

¿Cuidarse para morir sano?

Qué dilema …

A todos nos invaden las penas, la nostalgia de los seres queridos que ya no están, los errores cometidos, las oportunidades no aprovechadas.

Por eso, en vida, tenemos que pedir perdón a todos quienes hayamos ofendido y enseguida perdonarnos nosotros mismos.

No nos vayamos sin hacer las dos cosas.

Me dan susto, mejor dicho pena, las personas que dicen no arrepentirse de nada en sus vidas. No han crecido.

En fin, sigamos viviendo, batiendo ese coctel de responsabilidades y, sobretodo, agradecidos de que sólo estas sean nuestras angustias.

 

 

Colegio Alemán

Muchas cosas podría relatar de nuestras vivencias en el Colegio Alemán de los 50 y 60.   Yo apenas estuve cuatro años, pero los recuerdo con mucho cariño.  Eramos muy pocos en clase, algo así como 15 o menos y teníamos unos profesores alemanes realmente extraordinarios.  Recuerdo a Herr Schindler, a Herr Jaco, a la Dra. Helger, a Herr Folke, entre otros, todos excelentes profesionales, con gran clase.

En nuestro grupo teníamos a un compañero sordomudo que matizaba nuestra clase: Efraín Moncayo. Dos o tres años mayor que nosotros, por obvias razones relacionadas con sus facultades, era quien nos defendía de las agresiones de los mayores y a quien solo nosotros, sus compañeros, entendíamos su hablado un tanto especial.  Esa circunstancia y la presencia de otro compañero de color y otro de origen muy humilde nos enseñó a ser tolerantes, abiertos a la realidad de la vida.

Esos alumnos estaban entre nosotros como políticas del Colegio, de su directores, quienes todavía estaban muy frescos emocionalmente, después de la segunda guerra mundial.

A todos nos inculcaron un espíritu germanófilo que creo que ha perdurado en casi todos nosotros.  Nos enseñaron a cantar el «Einigkeit und Recht und Freiheit … » y arias del «Hänsel und Gretel».

Valga pues la oportunidad para agradecerles por su tiempo, por su cariño y, en mi caso y en el de algunos de mis compañeros (como la Yolanda, el David, el Rafael, el Fabián y el Erik), por su paciencia.

 

Cosas de poca importancia

Dirán que no es de dar gracias a Dios y ponerse de rodillas: el viernes, día que me doy el lujo de quedarme en casa como no mucha gente puede, subí con Eusebio, mi empleado de hace 27 años (que bueno tener a alguien cerca tanto tiempo) a San Pancracio, un terreno que tenemos arriba de San Antonio y bautizado así en honor a mi madre, su santo preferido, el santo que nos trae salud y trabajo (qué más ?).

Eusebio es un chiquito, debe medir 1.50m, delgadito y siempre dispuesto a servir. Si por ejemplo yo le pidiera un viernes tarde que lleve una encomienda a Loja, él se iría encantado, se haría alguna amistad en el bus y regresaría al día siguiente flamante. Y si entonces yo le pidiera que se vaya a Ibarra, igual se iría, siempre avisándole a su mujercita.

Eusebio es conversador, no puede estar callado. En los festejos siempre toma la palabra y da un discurso largo en medio del cual, como reclamando atención, suele decir: «qué les parece señores?».

La mayoría de las veces con él hablamos del fútbol nacional. Un día me dijo: «el Quito y la Liga sí se saben ganar, no?». Me quedé un poco absorto con su afirmación, y luego pensé que era cierta, pues efectivamente casi siempre uno de los dos gana.

Ya en San Pancracio revisé cómo han crecido los maples o platanos (no plátanos), la siembra reciente de maíz y un pequeño huerto que ahí tenemos. En el huerto pellizqué un poquito de culantro y me entraron una furibundas ganas de arroz de cebada, sopa que lleva esa maravillosa yerba, odiada por algunos europeos (la tía Carmela y mi amigo Dito, entre ellos). Impulsivamente llamé por el celular a nuestra cocinera y le pedí que prepare un arroz de cebada, me contestó que estaría listo en una hora y media.

Qué lujo el huerto, el celular y el antojo satisfecho !

De ponerse de rodillas y dar gracias a Dios.

Cuando comíamos arroz de cebada en casa, usualmente los lunes, mi mamá no perdonaba repetir: «esta sopa siempre debe llevar culantro».

Comparto este recuerdo y reflexión con mis queridos amigos y parientes, replicando al final el poema de León Felipe que termina diciendo: «vengo llamado a contar, cosas de poca importancia …».

 

Cuándo me moriré?

Cuándo?

Ni idea …

Siempre fui lo elementalmente cuerdo como para saber que un día me moriré, pero recién, a mis casi 68 años lo estoy pensando en serio. Y es que, por estadísticas, no me quedan muchos años pues ya pasé la edad en que murió mi padre y estoy muy cerca de la de mi madre.

Y no soy mujer, que siempre viven más años.

A Dios gracias gozo de buena salud, me cuido (no mucho) y juego el mejor tenis de mi vida. Me siento lo suficientemente bien como para encontrar contradictorio eso de andar pensando en la muerte.

Miedo a ella sólo lo he tenido cuando mis hijos eran pequeños. Tenía terror de dejarlos huérfanos de pequeña edad. Pero de no, como decimos en la sierra, no le he tenido miedo a la muerte, sí a un proceso agónico, siempre doloroso para todos.

Morirse bonito debe ser una de las mejores cosas de la vida. Y lo contrario, una de las peores.

Cómo debo vivir los años que me quedan?

Pues creo que uno debe terminar siendo, o pretendiendo ser, lo que siempre ha soñado, ha considerado su deber. En mi personal caso, siendo bueno. Feliz me sentiría de que así me recuerden.

Como esto de morirse lleva consigo un inventario no sólo de bienes materiales sino de acciones en la vida, disculparán que me felicite por no haber tenido rencores. No sé de dónde pesqué esa sabiduría, pienso que fui pragmático, ligeramente inteligente, para comprender que ellos no conducen a nada bueno.

Me encanta la frase de Robin Williams, que dice que uno viene al mundo con un cierto grado de locura y no debe permitir que se pierda. Habré conservado esa dosis de locura? Un poco sí, creo.

Habré contribuído a un mundo mejor? Eso no me toca decirlo a mí. Pero, hasta aquí, no me iré e deuda con nadie. Ahora … puede que me aloque a destiempo, como cuando joven le pegué un bombazo en la oreja a una pareja que pasaba delante de mi casa, dos meses después de Carnaval; mi tío Paquito me libró de que no me metan preso.

Parientes y amigos, de edades similares e incluso menores, ya se han ido. No sé a dónde, no me los imagino ni en el cielo, ni en el infierno ni en el purgatorio. Dejaron sus huellas, que se van borrando o acentuándose. Curiosamente recuerdo con más cariño a algunos que no quería tanto y, de igual manera, siento menos añoranza por otros a los que mucho apreciaba. Que será?

Seguramente todos vivimos con la pena de no tener a nuestros padres, a quienes nos hubiese gustado mostrar nuestras vidas, compartirlas con ellos. A mi madre le encantaría ver lo ordenada que es mi mujer, pero algún pero le habría encontrado, como buena suegra. Hubiese dicho que vivo en una casa demasiado grande pero hubiese disfrutado de las sopas que preparamos. Y con mi padre me hubiese gustado compartir los vinos que tengo y las tertulias con amigos inteligentes y cultos, que también tengo.

Cuando joven, pena me daban los viejos. Pensaba que ellos sufrían sabiendo que estaban cerca de la muerte. Qué pena, me decía a mi mismo, le queda muy poco …

Pero no ha sido así: de viejo uno disfruta más muchas cosas, agradece estar bien; siempre comparándonos con el montón de penas que la vida puede regalar.

 

Bananeros

Posición Oficial del Ecuador ante la campaña de desprestigio del banano ecuatoriano

En los últimos meses se han publicado informes negativos acerca de la producción de banano ecuatoriano y de su manejo ambiental y laboral. El pueblo alemán, uno de los más civilizados del mundo, se habrá condolido de este tipo de aseveraciones.

En el Ecuador hay 4.473 productores de banano[i] y aproximadamente 280 exportadores[ii]. Varios productores se asocian civilizadamente con un exportador.

El total de trabajadores directos del sector es de  200 mil y de indirectos 1 millón. Con sus familias y personas vinculadas llegan a 2,5 millones de personas (aproximadamente el 6% de la población total del Ecuador)[iii].

La exportación bananera representa el 2% del PIB general y aproximadamente el 35% del PIB agrícola[iv].

Además, las hectarias certificadas Global Gap son 80.000. Adicionalmente existen 16.000 hectarias con certificación Rainforest Alliance y 10.000 hectarias certificadas Fair Trade.

Los estudios y análisis de los autores de dichos escritos son, como no puede ser de otra manera, parciales. Y consecuentemente sus resultados no pueden extrapolarse a todos los productores, muy especialmente a los más grandes que, indiscutiblemente, son los que mejor estructuradas tienen sus empresas. La inmensa mayoría de los bananos ecuatorianos que se consumen en Alemania tienen ese origen, son el resultado de productores profesionales, en el mejor sentido de la palabra.

Extrapolar un análisis parcial es pues injusto. Muy injusto. No porque el informe en cuestión no sea verdadero sino porque no refleja la realidad global.

Los ecuatorianos estamos muy dispuestos a que se nos señalen los defectos y problemas que tenemos, porque queremos ser mejores y sabemos que la verdad es el camino más cercano para arreglar cualquier problema, pero rechazamos semejante generalización.

También es necesario tener en cuenta que el Ecuador es un país en vías de desarrollo en el que, como es lógico, no todas las empresas e instituciones funcionan como en los países de primer mundo. Y que si así fuera, tengan la seguridad de que el precio del banano sería cinco veces más alto. Esta última consideración deben tenerla muy presente quienes hacen estudios y análisis sobre países como el nuestro pues es más que aceptada la teoría de los «injustos términos del intercambio» en el comercio internacional.

Termino matizando otro aspecto que se ignoran en aquellos informes. En el Ecuador, gracias a políticas sociales, alguna de ella populista, hay reglas muy severas para con los empresarios. No afiliar al seguro social (IESS) a un trabajador conlleva cárcel, por ejemplo. El sueldo básico de un trabajador es uno de los más altos de Latinoamérica, si no me equivoco el segundo. El empleado gana 15 sueldos al año. Y, para concluir con este tema, los empleados reciben el 15% de las utilidades de la empresa, lo cual les convierte en prácticamente accionistas o socios de la empresa, socios sólo en los beneficios …

Finalmente, recordemos que hace no mucho se denunciaron abusos de carácter sexual por parte de funcionarios de Oxfam en Haití. Extrapolar esa circunstancia y afirmar en un escrito que Oxfam está conformado por pervertidos sexuales sería una infamia, no les parece?

[i] Fuente: Informe del sector bananero ecuatoriano, MCE: 2017

[ii] Fuente: AEBE 2018

[iii] Fuente: Informe del sector bananero ecuatoriano, MCE: 2017

[iv] idem