Cuándo me moriré?

Cuándo?

Ni idea …

Siempre fui lo elementalmente cuerdo como para saber que un día me moriré, pero recién, a mis casi 68 años lo estoy pensando en serio. Y es que, por estadísticas, no me quedan muchos años pues ya pasé la edad en que murió mi padre y estoy muy cerca de la de mi madre.

Y no soy mujer, que siempre viven más años.

A Dios gracias gozo de buena salud, me cuido (no mucho) y juego el mejor tenis de mi vida. Me siento lo suficientemente bien como para encontrar contradictorio eso de andar pensando en la muerte.

Miedo a ella sólo lo he tenido cuando mis hijos eran pequeños. Tenía terror de dejarlos huérfanos de pequeña edad. Pero de no, como decimos en la sierra, no le he tenido miedo a la muerte, sí a un proceso agónico, siempre doloroso para todos.

Morirse bonito debe ser una de las mejores cosas de la vida. Y lo contrario, una de las peores.

Cómo debo vivir los años que me quedan?

Pues creo que uno debe terminar siendo, o pretendiendo ser, lo que siempre ha soñado, ha considerado su deber. En mi personal caso, siendo bueno. Feliz me sentiría de que así me recuerden.

Como esto de morirse lleva consigo un inventario no sólo de bienes materiales sino de acciones en la vida, disculparán que me felicite por no haber tenido rencores. No sé de dónde pesqué esa sabiduría, pienso que fui pragmático, ligeramente inteligente, para comprender que ellos no conducen a nada bueno.

Me encanta la frase de Robin Williams, que dice que uno viene al mundo con un cierto grado de locura y no debe permitir que se pierda. Habré conservado esa dosis de locura? Un poco sí, creo.

Habré contribuído a un mundo mejor? Eso no me toca decirlo a mí. Pero, hasta aquí, no me iré e deuda con nadie. Ahora … puede que me aloque a destiempo, como cuando joven le pegué un bombazo en la oreja a una pareja que pasaba delante de mi casa, dos meses después de Carnaval; mi tío Paquito me libró de que no me metan preso.

Parientes y amigos, de edades similares e incluso menores, ya se han ido. No sé a dónde, no me los imagino ni en el cielo, ni en el infierno ni en el purgatorio. Dejaron sus huellas, que se van borrando o acentuándose. Curiosamente recuerdo con más cariño a algunos que no quería tanto y, de igual manera, siento menos añoranza por otros a los que mucho apreciaba. Que será?

Seguramente todos vivimos con la pena de no tener a nuestros padres, a quienes nos hubiese gustado mostrar nuestras vidas, compartirlas con ellos. A mi madre le encantaría ver lo ordenada que es mi mujer, pero algún pero le habría encontrado, como buena suegra. Hubiese dicho que vivo en una casa demasiado grande pero hubiese disfrutado de las sopas que preparamos. Y con mi padre me hubiese gustado compartir los vinos que tengo y las tertulias con amigos inteligentes y cultos, que también tengo.

Cuando joven, pena me daban los viejos. Pensaba que ellos sufrían sabiendo que estaban cerca de la muerte. Qué pena, me decía a mi mismo, le queda muy poco …

Pero no ha sido así: de viejo uno disfruta más muchas cosas, agradece estar bien; siempre comparándonos con el montón de penas que la vida puede regalar.

 

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