Buenos Aires

Buenos Aires es una ciudad espantosa.

La típica metrópoli enorme, descomunal, en la que sobreviven millones de personas que se estorban entre sí, como si no hubiera otros espacios en el país, en el mundo.

 Ciudad de México, Bogotá, Lima, Sao Paulo, Teherán y otras cuantas más, decenas quizás, son más ejemplos de esta que yo considero una de las más grandes irracionalidades del ser humano en los últimos años: agruparse en ciudades “importantes”.

 En ellas la calidad de vida es muy pobre.

La gente, para trasladarse y regresar de sus trabajos, utiliza casi un 50% de su jornada laboral. Y todo ello en medios de transporte incómodos, infrahumanos a veces, tragando gas carbónico en todas las callejuelas y detrás de buses que disparan bocanadas de smog que parecen agresiones intencionales.

 En estas ciudades “importantes”, los espacios para vivienda son pequeños, limitadísimos.

Y no hay ningún paisaje, sólo casas sin jardines o edificios, la mayoría de 5-6 pisos impregnados con el gas carbónico que no alcanzaron a absorber los transeúntes y cuya limpieza es prácticamente ninguna. Los espacios verdes son escasos.

 La capital del Argentina tiene las cuatro estaciones medianamente marcadas pero terriblemente potenciadas por una humedad exagerada. La toalla dejada a secar ayer parece haber sido utilizada hace tres minutos.

Y, como el clima está cada día más alterado, bien puede uno pasar mucho calor y mucho frío en el intervalo de dos días, o menos.

 Por último, el país sigue soñando con Perón, un populista que hace más de 50 años dispuso de las finanzas locales, muy fuertes en ese tiempo, para distribuir y hacer justicia, fundando una esperanza en el pueblo que sigue esperando favores.

Yo me permito pronosticar que no van a salir adelante hasta que no acaben de matar a Perón.

Buenos Aires es, pues, una ciudad espantosa.

 Pero el argentino compensa todos esos serísimos defectos de varias maneras.

Su gente es su principal activo.

Amables, cultos, tranquilos a pesar de un tráfico y tren de vida agitadísimo, con un gran sentido del humor, esta, su mejor virtud.

Con el taxista, portero, camarero o dueño del kiosco se puede conversar, gastar una broma, hacer un comentario o crítica con toque lastimero, como compartiendo las penas.

 Gente linda de carácter, y de físico, muy guapa.

Mujeres que se cuidan, decididas , fuertes, demandantes.

 Y su comida: qué gran cultura, qué culto, qué profesionalismo!

Los restaurantes de mantel blanco ¾ de pata, la cubertería y la vajilla en su sitio; el camarero culto, agradable, gran asesor, defendiendo los intereses del cliente.

La calidad de la comida, su versatilidad, el servicio, la sincronización al servir, todo una maravilla.

Vino que no le pide favor a nadie, todo a precios más que razonables.

Café de primera, mejor que en los países productores.

Cafetines con un gran ambiente, llenos de porteños salvando a su patria y al mundo también o contándose sus vidas, todo con gran entusiasmo.

Kioscos llenos de periódicos y revistas. Y lo mejor: la librería El Ateneo de Santa Fe, un teatro convertido en librería, adjunto foto.

 Y su fútbol en especial, con rivalidades barriales que ya cumplieron 100 años y que en cada partido parecen estar jugando el último del universo. Argentina es “la” fábrica de jugadores.

Y el tango, su música, sus letras, sus interpretaciones …

Y cómo lo bailan los porteños en los locales a los que hombres y mujeres, por separado, van a quemar un par de horas del día por el solo placer de bailar.

 Y sus teatros y revistas.

 Y ahí nomás porque las cosas buenas ya le están superando a las malas. Y yo trataba de equilibrarlas.

 Buenos Aires es pues, también, una ciudad maravillosa!

  

 

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