Amigo de pelo cano

Con el pelo cano se fue, perdiéndose en el río de gente, mi amigo.

Habíamos comido bien, como siempre en España, en un buen restaurante de Barcelona, y discutido acaloradamente, como cuando éramos jóvenes, esta vez sobre cómo debíamos vivir la vida.

Antes discutíamos sobre cómo debía ser la vida, el mundo. Ahora sobre cómo debíamos vivirla …

Evidente señal de que ya nos hemos resignamos a no salvar el mundo sino a adaptarnos a él.

Crucé la esquina en la que nos despedimos y me giré para ver como mi amigo se perdía en la multitud, con su cabello ahora cano, con la cabeza erguida.

Y sentí múltiples emociones, como la de que el tiempo, inexorable, había pasado, a pesar de que a mí no me lo pareciera, de que poco veía a este querido amigo en mi vida cotidiana, de que no sé si nuestra existencia ha sido fructífera, de que los intereses están por encima de los propósitos, e incluso el miedo a no volverlo a ver.

Giré y seguí caminando, perdiéndome yo también en otro río de gente.

Amigo querido, con el que siempre tuvimos suficientes diferencias como para hacer entretenidas nuestras reuniones, con el que creo que siempre nos hemos admirado o quizás despreciado un poco, nunca sin dejar de querernos, siempre temiendo que lo que contradecíamos podía ser lo incorrecto.

Amigo que, como yo, ha superado enfermedades, tenido familia, trabajos, pocas penas que no nos las hemos contado porque ocasión no la habido o porque hemos priorizado, como siempre, el análisis intelectual de lo que un ser humano debe ser frente al mundo, en la vida.

No sé si Dios nos dé vida para seguirnos encontrando, pero la sinceridad y honestidad con la que siempre nos hemos llevado, no nos la quita nadie.

Gracias, amigo de pelo cano, por ser tal.

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