Alaska

En Alaska se respira inmensidad y desolación. Inmensidad porque se navega y navega junto a montañas enormes llenas de bosques de pinos y cedros rojos principalmente, vírgenes seguramente; y desolación porque las conexiones a sus ciudades o mejor dicho a sus pueblos, son marítimas y aéreas únicamente, no hay carreteras entre ellas, menos con los demás estados de la nación. Las ciudades son pequeñas y su población se duplica cuando les visita un par de cruceros.

Dicen que los de Alaska, alaskeños, alaskences, aláskos o como sea su gentilicio, antes que aprender a manejar un coche aprender a pilotear un avión y, obviamente, su hobby es la pesca. Alguien diría: saben pescar porque no tienen nada más que hacer … Sus costas son más de la mitad de todos los Estados Unidos, así nomás.

Estuve acertado en eso de la desolación cuando leí que la densidad poblacional de Alaska es la que equivaldría a que la isla de Manhattan estuviera habitada por 24 personas …

 

Este estado, también llamado la refrigeradora de Seward (el secretario de estado que la compró), tiene para largo, para ser habitado y explotado, mientras en nuestros países nos atestamos de gente en las ciudades, haciendo cada día más difícil vivir en ellas. Aquí, en Alaska, como que el mundo podría derrumbarse y casi todo seguiría igual. Claro que, como todo lugar alejado, su abastecimiento es costoso y los precios de sus productos lógicamente más caros.

Hemos tenido un tiempo excelente y la atención en el crucero ha sido extraordinaria.

Y frente al pensamiento de Einstein: “Hay dos formas de mirar la vida, como que nada es un milagro o como que todo es un milagro.” (‘There are only two ways to live your life. One is as though nothing is a miracle. The other is as though everything is a miracle.’) debo engancharme en ella, en su segunda parte y reconocer que todo es un milagro, desde estar vivos hasta poder navegar en un crucero por estos mares, con acceso al internet y a los mejores vinos, todo ello mientras nos encontramos con ballenas y orcas, y también con un submarino atómico que hace sus prácticas en la bahía de Ketchikan.

Los aborígenes de Alaska habrán venido de Asia por el estrecho de Bering (que debe su nombre al danés Vitus Bering, a la orden de la marina rusa), que por primera vez fuera visitada por un occidental.

Los aborígenes lucharon en varias ocasiones con los rusos que en varias ocasiones se instalaron por aquí. Poco o nada queda de su cultura y nadie tampoco hace mucho por recuperarla.

Cuando a la final vienen los americanos, con su esquema de civilización aplastante, todo se somete y en muy pocos años Alaska en tan estadounidense como cualquier otro estado. La empresa privada hace su cometido: Walmart, MacDonalds, Ford y Costco se instalan; suficiente!

Ya nadie piensa en los aborígenes sino en cómo salir con su vida hacia adelante …

Lo más importante quizás es habernos acercado al glaciar más grande del mundo, el Hubbard, en el que escuchábamos resquebrajarse las moles de hielo que caen al mar como abonando con pequeños icebergs los fiordos. Impresionante.

Los bosques húmedos, selvas meridionales, sus águilas y los kilos que habremos ganado con la opípara oferta culinaria del Seven Sears, sellan el balance de esta excursión, de la que a Dios agradezco y con Ustedes, mis muy queridos amigos, comparto.

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