La Primera Enmienda

Una de las pocas cosas negativas de nuestro presidente es la actitud
despreciativa y burlona que tiene para con quienes no piensan como él y,
concomitantemente, su afán en controlar los medios de comunicación que no ha
incautado el estado.

Pocas pero pestilentes, diría un amigo.
Ley de comunicación, que como diría un respetabilísimo periodista (Jota Ere),
deja muy tranquilos a los corruptos, pues va a dar miedo denunciar cualquier
cosa.

Claro que la prensa se ha equivocado en varias ocasiones, pero reprimirla es
como cerrar la Pilsener porque a un menor de edad se le ha trincado borracho …
(réplica de Larry Flint y la Budweiser).
Un país democrático debe estar abierto a todo, a las irreverencias y a los
disparates inclusive. Recordemos sino cuántas genialidades parecieron tales en
un principio. Y acordémonos que las inconsistentes de gasifican solas, sin
necesidad de censura.
Y para que esto arda más, no hay mejor cosa que visitar Washington y leer la
Primera Enmienda a la Constitución que reza monumentalmente en la
Constitution Street de esa ciudad y que dice:
"El Congreso no hará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del
estado o se prohíba practicar alguna libremente, o que coarte la libertad de
palabra o de prensa, o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y para
pedir al gobierno la reparación de agravios."

Impacta también observar cómo el primer presidente de los Estados Unidos,
George Washington, que antes de nada fue un gran militar y terrateniente, se
retiró después de haber liderado la independencia y más tarde no aceptó
continuar como presidente porque consideró, según sus palabras, que
"perpetuarse en el poder sería perjudicial para el régimen constitucional de
libertades".
Tanto cuando dejó su dignidad militar como cuando no aceptó un tercer período
(le llegaron a ofrecer nominarle rey) se retiró a Mount Vernon, expresó que entre
los alborotos del poder en la capital y sentarse a conversar con un amigo en su
finca, prefería lo segundo.
Washington murió de neumonía a los 67 años, resultante de un descuido por
haber pasado todo un día a caballo mientras nevaba, cenar sin cambiarse de
ropa y amanecer con una amigdalitis y gripe que se potenciaron.
Y, pasando a Washington capital, no se puede dejar de mencionar al Instituto
Smithsoniano dueño de 20 museos, 9 centros de investigación y un zoológico,
inclusive.
Como si este país no hubiese sido ya suficientemente bendecido, resulta que un
millonario inglés llamado James Smithson legó su enorme fortuna para el
establecimiento de aumento y difusión del conocimiento en los Estados Unidos,
con la particularidad de que James Smithson nunca visitó este país.
El legado, además, llegó de carambola pues el heredero era un sobrino que si
no tenía hijos legítimos debía trasladar la herencia al estado americano.
Cuando es de ser, es de ser, como diría el mismo amigo …

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