Doña Ramona

Bernardo Manuel, cuentan que la madre de tu tatarabuela era hija de un acaudalado obispo de Panamá; pero bueno, de eso ya te hablaré más adelante.
Por ahora ocupémonos de ella y su descendencia, de donde tú vienes.

Ramona Velásquez Zambrano (así se llamaba) era una señorita muy adinerada de la provincia de Manabí que se casó con un colombiano -Vicente Becerra Vaca- que venía del vecino país huyendo o al menos alejándose de situaciones políticas conflictivas.
El intelectual colombiano fundó un periódico en Bahía, allá a tres cuartos del siglo XVIII, que se llamó El Globo.

Don Vicente Becerra no sólo resultó bueno para las letras sino también para la bebida y las mujeres. Y Doña Ramona, de donde debe venir el carácter fuerte de la familia, un buen día, harta de tanta juerga, cogió todos sus trastos, que eran bastantes, y con su esposo y seis hijos se trasladó a vivir a Brooklyn.
Sí, a Brooklyn de Estados Unidos, y con todas las comodidades, pues dinero no le faltaba.
Dejó, entre otras cosas, su enorme hacienda de Rocafuerte, llamada «La Envidia», gran nombre, no te parece?
Así, saliendo de Manabí, alejaba a su maridito de la farra y educaba bien a sus hijos.

De lo primero no se sabe nada y de lo segundo tampoco, qué chistoso, no?
Pero es un hecho que su primera hija, tu tatarabuela María Luisa Becerra Velásquez, aprendió el inglés perfectamente, lo que le permitió, en varias ocasiones de su vida, ejercer de profesora de esa lengua.

Quien administraba los bienes de Doña Ramona en Manabí, fue ni más ni menos quien después se casara con su hija María Luisa: Don Manuel Mejía Alarcón, cuyos nombres llevas tú, a mucha honra.
Suena a braguetazo ese matrimonio, pero parece que no fue así, mejor dicho no fue así, por el contrario, de lo que cuentan, la bien casada resultó ella.
De Don Manuel siempre se supo que era un hombre pacífico, austero, correcto y además no muy agraciado debido a una quemadura que sufriera de niño y le afectara la cara, inclusive.

Hombre bueno cuyas cartas a mi padre en su proceso de divorcio de mi madre hacen que yo sienta un gran cariño por él. Incluso tengo una foto de él en mi escritorio, sin haberlo nunca conocido (él sí a mí, de tu edad).

Pero bueno, lo cierto es que la hija de la acaudalada Doña Ramona y su administrador se casaron, se radicaron en Bahía de Caráquez y tuvieron cuatro hijos: Alcira, Manuel (mi padre), Vicente y Ricardo.

Don Manuel padre se convirtió entonces en un importante entrepeneur y, entre otras cosas, llevó la luz eléctrica a la ciudad, fundó el Bahía Tennis Club y una financiera de créditos hipotecarios, La Equitativa. Pionero y de largo, con ese producto bancario.
Todo un personaje, Don Manuel, habitaba con su linda familia una estupenda casa junto al mar, muy cerca de una calle que ahora lleva su nombre.

Bahía y la provincia de Manabí eran muy importantes en ese entonces. De su puerto se exportaba desde tagua hasta higuerilla, pasando por cacao y banano. En su astillero natural fondeaban los mejores barcos que antes de llevarse sus mercancías traían las novedades de Europa y Estados Unidos.
Bahía era pues una ciudad chic, de avanzada en la primaria república del Ecuador de esas épocas.

Sucede entonces que -no sé muy bien de fechas y circunstancias- la depresión de los USA y problemas en el país provocaron el derrumbe de muchas fortunas, la de nuestra pariente, entre ellas.

Ignoro detalles, pero mi abuelo quiebra. Lo hace, eso sí, con toda la corrección del caso, entregando todos sus bienes, y se traslada a vivir a Ambato mientras, simultáneamente, se convierte al Protestantismo.
Dicen que esto último lo hizo inspirado en un buen amigo, Christensen, que en medio de su congoja, le abrió los ojos a la biblia. (Siempre me he preguntado por qué no le sirvió la biblia católica).

Este evento es muy importante en la historia de la familia pues por un lado inicia una devoción hasta ahora vigente en la numerosa familia Contag Mejía y por otro marca a sus primeros hijos varones -adolescentes- como enemigos acérrimos de la religión, cualquiera que esta fuere.
Y es lógica la reacción de mi padre y mi tío Vicente pues en esos tiempos no ser católico era una aberración a lo sagrado, una posición anormal y hasta demoníaca.

De Ambato se trasladan a Quito en donde mi padre se conoce con una linda hija de españoles, Montserrat Dalmau Llopart, mi madre. Cásanse y divórcianse diez años más tarde; pero esa también es otra historia que ya te la contaré y que mucho hasta ahora me duele, a pesar de no haberla vivido pues yo era muy pequeño.

Así que sigamos con Don Manuel Mejía Alarcón, a quien le decían Dayita, y él a su esposa la llamaba Mariquita, aunque de mariquita creo que no tenía nada, todo lo contrario!
De Quito se van a vivir a Guayaquil pero antes Don Manuel es nombrado Superintendente de Bancos, posición que un diputado conservador reclama en el Congreso Nacional como algo indigno de un no católico.

En medio de todos esos episodios, el último de sus hijos, Ricardo, se había ido a vivir a California y, sabiendo que sus padres no estaban del todo bien en Guayaquil y apelando a los eternos deseos de su madre de regresar a ese país en el que pasó su juventud (dicen que uno es de donde pasa su juventud), los invita a trasladarse a ese estado en donde prácticamente pasan el resto de su vida.

Hasta aquí lo que bien sé desde Doña Ramona, gran nombre también, hasta Don Manuel y María Luisa, con la inmensa nostalgia de no haberlos conocido nunca.

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